Caballo loco la escultura mas grande de la historia:


Korczak Ziolkowski comenzó a esculpir la cabeza de Caballo Loco hace 50 años.

Crazy Horse memorial sculpture, la que va a ser la escultura más grande del mundo, en Black Hills, Dakota del Sur, USA...

medirá 195 m. de largo por 172 m. de alto, la cabeza del caballo medirá 27 m.


El perfil ceñudo de Caballo Loco se adivina desde lejos, encaramado a aquella mole de roca que cabalga con brío sobre el verde mar de las Colinas Negras. Su rostro gigante, perfectamente pulido sobre el granito, es tan alto como un edificio de nueve pisos. Su brazo extendido, apuntando al infinito, abarca lo que un campo de fútbol. Aunque lo más arduo será dar forma al caballo, dibujado antes de morir por Korczak Ziolkowski, el artista que quiso dedicar al gran jefe indio la estatua más colosal sobre la faz de la Tierra.

Hasta 50 años han hecho falta para morder ocho millones de toneladas de piedra a la montaña, y pasará otro medio siglo hasta que veamos completo el sueño de Korczak, en el que siguen trabajando su mujer, Ruth, y siete de sus 10 hijos.

En el impresionante monumento a Caballo Loco se dan la mano dos leyendas, la del gran jefe sioux y la del propio Korczak Ziolkowski, que llegó a estas tierras mágicas arrastrado por una especie de sortilegio. Korczak, hijo de inmigrantes polacos, comenzaba a descollar en el mundillo artístico de Nueva York, años 30, cuando recibió un inesperada llamada de los sioux lakota. El gran jefe Henry Oso Erguido deseaba comentarle una idea: dedicar una estatua gigantesca al más ilustre de sus ancestros, Caballo Loco.
Imagen de Korczak Ziolkowski con su maqueta:



«Quiero que el hombre blanco sepa que los pieles rojas también tenemos nuestros héroes», le dijo Oso Erguido, que lo puso al corriente de las grandes hazañas de Caballo Loco, del histórico repaso que le hizo al general Custer en la batalla Little Big Horn (1876), de las resonancias míticas de su nombre, símbolo mismo de la resistencia india hasta que fue capturado y asesinado, cobardemente por la espalda, en un campamento de Nebraska.

Korczak escuchó hechizado la historia, y pidió algo de tiempo. Se alistó como voluntario durante la Segunda Guerra Mundial. Nada más volver a Norteamérica sintió la llamada de Caballo Loco y supo que ese sería el proyecto de su vida.

Korczak rumiaba ya la idea de hacer algo distinto a los bustos egregios del Monte Rushmore, algo imponente y desafiante, que superara en altura al famoso monolito de Washington. El escultor hizo un boceto que llegó al alma a los sioux: Caballo Loco, a lomos de su corcel y apuntando con el brazo izquierdo «a las tierras donde yacen» sus muertos.

El primer año lo dedica Korczak a colonizar su montaña con el mismo espíritu de los buscadores de oro del lejano Oeste. Su casa será una pequeña tienda de campaña, y día tras día trabaja infatigable en la construcción de una escalera de madera de 741 peldaños para llegar a la cima.

En mayo del 48 llega por fin la primera explosión, que hace saltar por los aires 10 toneladas de granito. Por aquel entonces se une a la tarea titánica su mujer, Ruth, y juntos deciden echar raíces a los pies de Caballo Loco.

Despacio, aunque seguro, Korczak va ganándole la batalla a la montaña a golpe de dinamita. Subsiste a base de donaciones y rechaza una millonaria subvención del Estado, porque no quiere que los federales se apropien de su proyecto y traicionen la causa india.

Muchos lo tachan entonces de loco y lo comparan con el capitán Achab, a la caza de la ballena blanca.

Pero el escultor, que va adquiriendo un aspecto de genio alucinado, persiste en su labor y embarca en la aventura a sus hijos, 10 en total. «Si empezáis algo en vuestras vida, haced lo posible por acabarlo», es el lema que les inyecta en la sangre. En vez de apagar velas, los niños celebran sus cumpleaños con detonaciones.


De todos los hijos, hay uno que sale especialmente díscolo, Casimir. A los 16 años, sentado en el borde de lo que será algún día el dedo de Caballo Loco (entonces había que echarle muchísima imaginación), Casimir proclama: «¡Esto es una locura!», y decide dejar atrás el delirio de piedra de su padre.

Al cabo de los años vuelve, y siente el mismo y misterioso tam-tam de las Colinas Negras, y su destreza con los explosivos lo convertirán en digno sucesor de Korczak, herido ya de muerte por su amor a la montaña: decenas de huesos rotos, cuatro operaciones de espalda, artritis crónica, dos ataques al corazón...

Antes de morir, en 1982, aún tiene energías para ayudar a sus hijos a dibujar sobre la roca la silueta del caballo. Su mujer, Ruth, recoge en mano el testigo y se compromete a seguir sus designios: «Nunca olvides tus sueños».
Si algo ha heredado Ruth Ziolkowski de su marido, aparte de su campechana sonrisa, es la tenacidad a prueba de dinamita. «Tras la muerte de Korczak, muchos pensaron que desistiríamos», confiesa. «Por eso necesitábamos demostrar al mundo que la leyenda seguía viva, y se nos ocurrió que lo mejor era centrarnos durante algunos años en la cabeza de Caballo Loco, para tenerla lista para el 50º aniversario».

Las voladuras controladas, calculadas casi al milímetro, comenzaron en lo más alto de la montaña a primeros de los 90. Un equipo de alpinistas, adiestrados en el manejo de los martillos neumáticos y las antorchas, comenzó a pulir la frente y a descender hacia las cejas.

En el verano del 91, Caballo Loco abrió por primera vez los ojos (de dos metros de alto por seis de ancho cada uno). En la primavera del 94 emergió prominente la nariz. Dos explosiones simétricas sirvieron para perfilar los pómulos meses después. Y del 96 al 98 se trabajaron los labios y el mentón.

La inauguración

Una última mano de fuego purificador para barnizar de rosa el granito, y la cabeza estaba lista para la grandiosa inauguración. Fue el 2 de junio de este año, con la familia Ziolkowski al completo y unos 500 peregrinos que se apuntaron a la escalada hasta la cima (el monumento sólo puede contemplarse desde la base de la montaña y a cierta distancia, por el riesgo de deprendimientos).


Un día después, una simbólica explosión -50 veces más potente que la originaria- sirvió para celebrar el 50º aniversario del inicio de las obras, y lo que aún queda...

«No me cabe la menor duda de que el sueño continuará adelante», afirma Ruth, a sus incombustibles 72 años. «Ahora empezaremos con el caballo, y puede que nos lleve una o dos generaciones acabarlo. Tal vez sean los nietos de mis 23 nietos quienes culminen finalmente el sueño de Korczak, quién sabe. Y después de acabar la estatua, tenemos el proyecto de una universidad, y de una escuela médica, y de un museo hecho por y para los indios».

Ruth preside con temple la Fundación Caballo Loco, en la que trabajan siete de sus 10 hijos. Casimir dirige las obras. Adam mantiene los accesos y se encarga de la carpintería. Dawn coordina el centro de visitantes. Mark se encarga de la explotación maderera. Anne es la responsable del museo indio. Jadwiga organiza las actividades especiales.

El monumento a Caballo Loco rivaliza ya con el de los presidentes, en el Monte Rushmore, y atrae todos los años a más de un millón de visitantes. Para llegar hasta él, paradojas de los mapas, no hay más remedio que orientarse buscando el pueblo dedicado a su encarnizado enemigo, el general Custer




Evolucion del rostro:





Maqueta de como se vera terminada:


Varias fotos mas:

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